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Privacidad de datos: el nuevo desafío estratégico para directorios y CEOs

Lectura de 6 minutos

Para las startups y empresas tech chilenas, la gestión responsable de datos personales ya no es un tema del equipo legal. Es una decisión de liderazgo que define competitividad, reputación y acceso a mercados.

Vivimos un momento de inflexión. Las startups y empresas tecnológicas chilenas enfrentan hoy una paradoja que condiciona su viabilidad futura: cuanto más datos recopilan para crecer y personalizar sus productos, más expuestas quedan a la desconfianza de usuarios cada vez más conscientes de su derecho a la privacidad. Navegar ese dilema no es opcional ni cosmético. Es, en el sentido más estricto, una decisión estratégica.

La transformación digital prometió eficiencia, escalabilidad y nuevos modelos de negocio. Cumplió buena parte de esa promesa. Sin embargo, también dejó al descubierto una deuda estructural: la mayoría de las organizaciones adoptó tecnología sin construir, en paralelo, la cultura interna capaz de gestionar responsablemente la información que esa tecnología genera. El resultado es una brecha creciente entre lo que las empresas hacen con los datos y lo que los ciudadanos esperan que hagan con ellos.

En Chile, esa brecha está a punto de volverse legalmente costosa. La modernización de la Ley N° 19.628 introduce estándares más exigentes en materia de consentimiento informado, derechos de los titulares y obligaciones organizacionales. La creación de una Agencia de Protección de Datos Personales con atribuciones sancionatorias cambia el tablero: ya no se trata únicamente de cumplir por convicción ética, sino también de evitar consecuencias jurídicas y reputacionales que pueden ser devastadoras para empresas en etapa de crecimiento.

"La privacidad no puede ser un pensamiento posterior. Tiene que estar integrada desde el principio."

- Sundar Pichai, CEO de Google, ante el Congreso de EE.UU., 2018

Esa frase no es retórica. Es una descripción precisa de lo que ocurre cuando la privacidad se aborda demasiado tarde. El caso más citado sigue siendo el de Facebook y Cambridge Analytica: la exposición indebida de datos de 87 millones de usuarios derivó en multas que superaron los 5.000 millones de dólares, una caída bursátil histórica y, sobre todo, un daño reputacional que aún no se ha reparado del todo. En el ecosistema tech, la confianza es difícil de construir y frágil de mantener. Perderla puede ser terminal.

Pero reducir este desafío a un problema de cumplimiento normativo sería un error de diagnóstico grave, especialmente para quienes lideran startups o empresas de tecnología en etapas tempranas. Las organizaciones que tratan la privacidad exclusivamente como un asunto legal se limitan a reaccionar. Las que la entienden como ventaja competitiva se adelantan. Apple, por ejemplo, ha convertido la privacidad en un argumento central de su propuesta de valor, con campañas globales que posicionan sus dispositivos como los más seguros para el usuario. No es filantropía corporativa. Es diferenciación estratégica en un mercado donde la confianza escasea.

Aquí es donde el rol del CEO y del directorio se vuelve determinante, y donde muchas organizaciones tecnológicas chilenas aún tienen una deuda pendiente. La cultura de privacidad no se instala con una política en el sitio web ni con una cláusula en los términos de uso. Se construye desde arriba. Cuando la dirección no lidera con el ejemplo, cuando la privacidad no aparece en la agenda del directorio con la misma frecuencia que los KPIs de crecimiento o los resultados financieros, el mensaje implícito que reciben los equipos es claro: esto no es prioridad. Y esa señal permea toda la organización.

Los directorios de empresas tecnológicas deben hoy hacer las preguntas difíciles: ¿Qué datos recopilamos realmente y por qué? ¿Tenemos consentimiento genuino o solo un clic apresurado en un pop-up? ¿Existe un responsable de protección de datos con autoridad real dentro de la organización? ¿Qué pasaría con nuestra empresa si mañana hay una filtración? El informe Edelman Trust Barometer 2024 reveló que solo el 53% de los consumidores a nivel global confía en que las empresas tecnológicas protegerán adecuadamente sus datos. En ese contexto, los líderes que toman la privacidad en serio no están siendo conservadores. Están siendo inteligentes.

Crear una cultura de cambio en torno a los datos personales implica mucho más que capacitar al equipo legal o instalar un software de gestión de consentimientos. Requiere que los fundadores y CEOs integren la privacidad en la narrativa de producto desde el día uno. Requiere que los equipos de ingeniería, diseño y marketing dialoguen con criterios éticos desde la concepción de cada funcionalidad, no al final del proceso. Requiere que la pregunta "¿podemos hacerlo técnicamente?" vaya siempre acompañada de "¿debemos hacerlo?". Este principio, conocido en la industria como Privacy by Design, no es una restricción a la innovación. Es su condición de sostenibilidad.

Las startups y empresas tech chilenas que lideren este cambio tendrán ventajas concretas: mayor facilidad para captar inversión internacional —donde los fondos de capital de riesgo europeos y norteamericanos evalúan el cumplimiento normativo como factor de due diligence—, mejor posicionamiento para ingresar a mercados regulados como la Unión Europea, y una propuesta de valor más sólida frente a consumidores que, ante dos opciones equivalentes, elegirán siempre a quien les inspire mayor confianza. La privacidad de los datos no es el freno a la innovación digital. Es su arquitectura invisible. Y como toda arquitectura, se construye mejor cuando los que tienen el mandato de liderar están en la obra desde el primer día.

Desbloquea la privacidad como ventaja competitiva

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